Entre suspiros y leves tormentos por odiar como desperdicio tiempo al dormir, te advierto un sin número de veces como trasnochar se torna justificado.
martes, 24 de mayo de 2011
Pabellón de plumas y la mirada de un torero
A los 9 años de edad, no me entusiasmaba la idea de emplear 8 horas en ir en un vaivén de curvas, vueltas, pasajes, virajes, paradas y demás hasta llegar a Ambato, la tierra de las flores y frutas. Desaprobé completamente este inicio tradicional en mi familia porque desde esa edad siempre sentí una ligera fobia a permanecer por más de 3 horas en movimiento sin tocar el suelo, el mareo era constante, el cuerpo frío y pálido ansiaba algún rastro de sol entre esa bruma tan espesa que brindaba el paisaje y la intensidad de árboles que prescindían una continuidad en el camino con aquella abundancia de natura infinita escondiendo algunos animales de diversos tamaños, raras veces noté algunas cabañas entre esos largos caminos de piedra que nos hacía mover constantemente en el asiento del bus, perjudicando a mi cuerpo que tembloroso buscaba refugio en la protección de los brazos maternos tratando de permanecer dormida la mayor parte del trayecto.
Recuerdo cuando baje del bus, respiré aquel aire frío, dejándome intoxicar por la alergia que sentía hacia el clima, pues mis pulmones tenían una debilidad ante aquellas temperaturas, en donde la nariz se estancaba en un mar corrosivo de secreción verdosa. El terminal estaba congestionado de camionetas, algunas personas cargando equipajes en donde más que ropa notaba víveres y más que víveres sobrepoblaban gallinas. Sus plumas, cubriendo un suelo lodoso que con este toque pintoresco, parecía una alfombra, mientras por otro lado tratábamos de coger las pocas maletas que traíamos conjunto con el Mickey Mouse quien era mi confidente y aliado a nuevas experiencias, y así como un altoparlante llamábamos a quien conocían como “torero” quien fue para mí, mi abuelo. Desde aquel día hasta entonces supe que su mirada tono lila, sus manos recias que dieron flexibilidad a mis mejillas y su sombrero de copa serían los rasgos que jamás me harían olvidarlo.
Desde Ambato hasta Pelileo era otra hora de recorrido, el cual como era de esperarse lo hicimos en una camioneta. He olvidado el camino de aquel entonces pero sí está latente el recuerdo de haber pasado por el viejo Pelileo, las historias de su terremoto y las imágenes de los ladrillos revueltos, techos desplomados, casas abandonadas, fueron imposibles de olvidar, pues el silencio dominaba a los habitantes sin cuerpo y lo único que quedaban eran memorias dolorosas y sonrisas forzadas para cubrir la catástrofe.
La travesía había terminado, el sol no apareció ese día y de repente un fulgor vivaz ocupó la casa en donde los cambios que se han ido dando a través de los años han sido posiblemente por quienes ahora forman parte de una ciudad a la que no hemos de llegar sino hasta que el reloj detenga su movimiento. Pero, uno nunca olvida, jamás, aquella primera vez en que un lugar te acoge y se vuelve un hogar. Los peldaños de cemento con una puerta de caoba que hacían una conexión entre la calle y la entrada de un pequeño patio que daba hacia ésta. La subdivisión de la casa, en esos tiempos fue un genuino laberinto pues había tantos cuartos y tantas personas que lo ocupaban, no solo fue la familia sino también aquellos que se volvieron miembros allegados a ésta, pues la generosidad que siempre habito en un torero de huesos firmes era tal que a veces temía que se excediera en ella.
La tienda de caramelos, fue un lugar predilecto y de absoluto regocijo en aquellas épocas, por ser nietos del dueño podíamos escabullirnos y sin réplicas ni reclamos aparecían montañas de golosinas, chocolates, chicles, ni en una fábrica de caramelos dan tantos recuerdos como estos, aunque con tantas tentaciones se me hace extraño imaginarme cómo es que mi dentadura aún sigue en condiciones muy favorables para una niña cuya infancia habito en una tienda de ensueños.
En esos momentos note lo entretenido que era descubrir los pasadizos que llevaban de una habitación a otra, pues nada era como debía, quienes no estaban dejaban rastros de su presencia hasta luego reaparecer en algún otro rincón de la casa de mil puertas.
El interior me entretuvo tanto que ocupe luego 3 días a satisfacer mi curiosidad por el exterior, acompañada de mi hermano y mi abuelo, pues desde que lo conocí no me desprendía de su lado. La noche del viernes y la mañana del sábado de aquel año quedaron intactas en mi mente.
El viernes, la noche, la ocupaban para abrir una feria que quedaba contigua a la casa, fue un año en donde pude conocer diversiones que nunca había experimentado en Guayaquil. Tuve la oportunidad de subirme a una rueda de la fortuna y saber cómo es estar en la cima del mundo. Ese día además pude observar como muchas personas iban y venían con sus hijos que de la emoción no querían irse, renegando a la hora de partir pero ya los entretenimientos eran consecutivos y además las manzanas de caramelo y el algodón de azúcar se habían agotado sin olvidar el dinero que cada padre usó para los pequeños consentimientos de los niños.
El sábado siempre se ha hecho una venta comunal en donde todas las personas de Pelileo salen a vender legumbres, frutas, ropa, víveres y demás, dándose a conocer entre los habitantes que llenaban la plaza convirtiéndola en un festival en donde cada uno aprovechaba a cualquier peatón que pasaba para intrigarlos con propuestas y regateos que eran imposibles de rechazar a tal punto que al menos de todo ese recorrido, salías inconscientemente con una bolsa en la mano.
Todos esos fueron los primeros indicios de viajes que se daban cada año, desde ese momento, pacientemente y con valentía espere cada marzo de vacaciones con una bolsa de dulces en la mano para estar preparada y regresar a una casa con aquellas 5 personas que lograron ser quienes ocuparon la mayor parte de los recuerdos de mi existencia.
martes, 3 de mayo de 2011
Ya era de esperar ... "Es idéntica a su progenitor "
Reduzco la letra a tal punto que no se torne visible para mis ojos y solo me deje guiar por los movimientos confusos de los cuadrados del teclado que buscan con interés el autorretrato perdido entre letras. Me es difícil respirar pues hace frío, nací con pulmones débiles en donde siempre habitó el humo de un carro, de un cohete, de un cigarro, un cajón de olores concentrados. El iris se disfraza como el semblante de una estatua, fue perdiendo su tono desde que aprendió lo que significa el grito de un parto en la sala quirúrgica, nunca quisieron dejarse ver ante nadie pues el exterior lograba trastornar la mente envolviéndola en la más inocente curiosidad y llegó el momento que quebró el reflejo del sórdido plasma mitigante. Aún surgían las dudas del ¿por qué de mi figura?, del ¿por qué de mis silencios?, hasta luego arrepentirse tentando a la inestable melodía de las campanas tomar un rumbo comunal y romper la copa que yacía hace mucho plasmado en un papiro.
Nótese el cambio que ejerció la piel al probar las caricias de pinceladas abstractas que dio la propia natura en mi persona, al parecer no obtuve la imagen deseada al pisar la primera baldosa, los cambios debían darse, la tez no era correspondiente, debía ser puesta a semejanza de mis orígenes, pero lo que no se esperaban era de que aquellos rasgos de diversificación iban a tergiversar de forma oblicua, sé que soy la separación de la línea que dice ser la mitad del mundo, de rasgos costeños y serranos que eligió constituirse en un solo ser que optó por tomar ambas identidades.
Algunos dicen ser grandes, otros dicen ser enanos, preferiblemente prefiero ser de estatura ideal pues al parecer la mujer yace en un plano en que no puede ser como ella desea, surgen las restricciones pero no las motivaciones de desear ser lo que un espejo de festival muestra, nunca tuve la oportunidad de posar mi mirada en uno de ellos o darme ilusiones en hacerlo porque luego caería atrapada ante quien no soy, sintiendo envidia de aquella otra imagen que se burlaba airosa del otro lado.
Los huesos son pesados de proporciones inexactas que niegan que observe la estructura biológica que adopté desde el comienzo, los recuerdos no se ofrecen a ayudarme en aquello. Dedos de pianista, el rostro se debe discernir ante la percepción que poseo de este, puede ser como muchos otros y al mismo tiempo no es de ninguno. Así está la pintura colgada entre la sintaxis, mostrando una sonrisa pícara y desvaneciéndose a voluntad.
¿Qué saco con decir mi nombre? La identidad es solo una sombra de la realidad de otro.
Prefiero decir frases de lo más recóndito de mi mente, las cuales he decido compartir con la intención de que no me conozcan y se tarden más en lograr hacerlo.
Quisiera disipar esas imágenes, ver todo tinte púrpura, mis oídos meros agujeros en donde el viento es rechazado al igual que las palabras.
Admito que dudo, que fallo y por ello me aterra enterarme que mi humanidad se asienta más como un rasgo intocable.
Seres de papel que rondan en aquella llanura de cacao, sin sabor ni aroma.
Fue un retrato irreal, de azúcar morena en donde yacía la imagen de una máscara que cubría un cráneo.
Soy (....)
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