-¡Lo quiero ahora!- los gritos del anciano se volvían cada vez más estrepitosos y los empleados dejaron de escuchar sus quejas, ya había salido su orden y frente a él se encontraba la cabeza de una vaca servida en una bandeja, sus ojos aún abiertos en donde aún yacía la imagen de su asesino que ahora gastaba sus últimas ganancias en whisky.
-No me escucharon, ¿verdad? ¡Quiero mi orden, ahora!- exigía nuevamente mientras sus manos dieron ciertos golpes en cada extremo de la bandeja, haciendo que la cabeza perdiera su equilibrio y cayera al piso, se escuchaban leves mugidos pero ninguno proveniente de su comida.
-No desperdicie la comida, ¡no!- gritaban las personas a su alrededor, que sin dudarlo se aproximaron hacia la res y empezaron a devorar vivazmente su rostro dejando la lengua que aún estaba intoxicada por los restos de heno envenenado que le habían dado aquella mañana.
-Malditos animales, ahora ya no tengo dinero para comprarme una comida decente- refunfuñaba el viejo mientras observaba como el gentío se relamía los dedos temerosos ante estas nuevas sensaciones que los tentaban a devorarse o fornicar entre ellos, por aquel dulce aroma que emanaban las recientes feromonas adquiridas por la satisfacción de su caza.
Al salir éste del local percibía la pestilencia que provenía de una puerta en donde observaba con mucho detenimiento las palabras amarillentas de área restringida pero como él se excusaría por su deficiencia visual y al no haber ningún empleado cerca, se arriesgó a entrar para así al menos, llevarse algo a su casa.
-Malditos perros, como apesta- susurraba para sí, mientras seguía su camino aproximándose a un horno, oculto tras un pilar podía observar como cada empleado empezaba a realizar los procedimientos más meticulosos para matar a las vacas y poder sacar los nutrientes esenciales de estas. La boca le salivaba mientras ante cada escena ya podía sentir como mordía las carnes de cada una, un ruido le delato, como era de esperarse, lo atraparon.
-Tranquilo anciano, usted nos servirá- sonrió el gerente con algunos empleados y guardias del local que habían entrado. De repente apareció una joven con un cuchillo y empezó a clavarlo gustosamente en la piel del anciano, gritando con deleite mientras el pobre había quedado inmóvil ante sus acciones y sus quejidos fueron tan leves que quienes escucharon, pensaron que en un baño se encontraba alguien desocupando el estómago.
A la siguiente orden, un cambio surgió en el ambiente, las bandejas cayeron al suelo y el primer cliente en la fila recibió sin costo una hamburguesa del tamaño de su mano junto con unas papas fritas y una cola, todo puesto ordenadamente frente a este que al dar el primer mordiscó retrocedió y muy calladamente se sentó en un rincón, las bestias se iban convirtiendo lentamente en gente civilizada, mientras las muertes ahora venían en combos.
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